Buenos. Malos. Maricones. Señoritos. Mendigos. Maleantes. Putas. Artistas. Yonquis. Borrachos. Delincuentes. Negratas. Blancos. Amarillos. O quizás no. Todos.
Comprensión, pero de la de verdad.
Buenos. Malos. Maricones. Señoritos. Mendigos. Maleantes. Putas. Artistas. Yonquis. Borrachos. Delincuentes. Negratas. Blancos. Amarillos. O quizás no. Todos.
Comprensión, pero de la de verdad.
El pasado 17 de enero se cumplieron 45 años del accidente aéreo de dos aviones del ejército de Estados Unidos que supuso la caída de cuatro bombas atómicas en la localidad almeriense de Palomares, una de ellas en el mar. Murieron siete militares norteamericanos en la colisión. Estados Unidos desde el primer momento se afanó en la búsqueda del artefacto perdido en el agua con el único objetivo de que no cayera en manos soviéticas.
Pese a la obstinación que pusieron en este empeño los americanos, tuvo que ser un pescadero, “Paco el de la bomba”, el que hallara el explosivo. De no menos pintoresco se puede calificar el baño en el mar del ministro franquista Manuel Fraga y el embajador de Estados Unidos, que intentaban demostrar a los españoles la intrascendencia e inocuidad del suceso. Es doloroso que de la tragedia lo que más recordemos sea toda esta particular liturgia del Régimen. Sin embargo, este macabro suceso aún tiene sus aspectos más importantes e inquietantes por resolver.
En 1986, expertos en Medicina certificaron que Palomares era la zona del planeta con mayor contaminación de plutonio. Hay que lamentar que no se haya realizado un estudio epidemiológico continuado a los habitantes de la zona, así como un análisis en profundidad y concluyente de las consecuencias de la presencia de material radiactivo. A tenor de todo esto no se puede descartar riesgo para la salud, y mientras esto sea así, las autoridades tienen la responsabilidad ineludible de investigar, aclarar y desagraviar a los posibles afectados del oscuro suceso acaecido en tierras y aguas almerienses protagonizado a medias por EE UU y la España franquista. Carlos Fernández Lozano.

El 31 de diciembre de 2010 la cadena de noticias CNN+ cerró su emisión. El grupo editor, Prisa, decidió venderla a Mediaset, que puso en marcha el canal Gran Hermano 24 horas. La noticia es verdaderamente chocante, ya que sustituye una televisión de calidad y dedicada exclusivamente a la información y al debate por uno de los ejemplos más contundente de telebasura que tenemos en España, la decimosegunda edición de Gran Hermano (un dato que invita a la reflexión).
Sin embargo, no hay que añadir más dosis de las necesarias de hipocresía a este hecho. Es conveniente apuntar que, aunque el cambio de contenidos sea de lo más grosero, responde única y exclusivamente a movimientos de mercado de compañías neoliberales, que si se decantan por una programación u otra es siempre con la intención de ocupar un segmento de población que creen vacíos o demandantes de ciertos espacios.
Lo realmente preocupante es que los medios de comunicación, en un sistema capitalista como en el que nos hallamos sumergidos (más que nunca), no tengan ningún compromiso de calidad o de servicio público (aunque por ley, sí) y su único objetivo sea el del beneficio económico. Esta noticia es simplemente una consecuencia, ciertamente ridícula, de este hecho. Por lo tanto lo único que nos queda por lamentar es que estas compañías, aunque sea por egoísmo propio y con perspectivas mercantiles no consideren que los contenidos de calidad son los más demandados.